Mostrando entradas con la etiqueta Mayordomía del Tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mayordomía del Tiempo. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de mayo de 2010

2 Mayordomía en Crecimiento

Mayordomía en Crecimiento

Desde que Dios creó al ser humano, éste corría el peligro de olvidar su relación con Dios. Podía suceder que, al tener dominio sobre la creación de Dios, se sintiera el propietario. Así que Dios estableció pruebas de la mayordomía.

Muchos piensan en la prueba, como algo que Dios estableció para saber si el ser humano es fiel. Esta forma de pensar ignora dos hechos: (1) que Dios es Omnisciente, es decir, que todo lo sabe. Él conoce nuestros pensamientos y sentimientos mejor que nosotros mismos. Nada hay oculto para él. Así, pues, la prueba no le informa absolutamente nada a Dios que él no sepa. (2) Vivimos en medio de un conflicto universal que está siendo observado por criaturas fuera de nuestro planeta que no son omniscientes. Son seres que Dios creó, pero que nunca han experimentado el pecado. Ellos observan cómo se desarrolla el pecado, pero no conocen lo que está en nuestras mentes. Dependen de lo que ven y razonan para entender.

Entonces, ¿cuál es el objetivo de la prueba? Dios nos ha dado un instrumento por medio del cual NOSOTROS podemos conocer cuán buenos mayordomos somos. También ayuda a los seres que nos observan para tener un criterio con el cual sacar conclusiones.

Podemos encontrar en la Biblia evidencia de que de todo lo que Dios nos ha provisto, se ha reservado una porción como sagrada. Es nuestro deber devolver a Dios esa porción como prueba de nuestra mayordomía. Al no hacerlo, se constituye en prueba de que nos hemos apropiado de lo que le pertenece a Dios. El resto que queda con nosotros sigue siendo de Dios, pero queda bajo nuestra administración.

Tradicionalmente, en el ámbito de la mayordomía cristiana se han definido cuatro áreas que cubren la vida del hombre: Tiempo, Templo, Talentos, Tesoros. Con mucha seguridad puedo decir que hay otras áreas de la vida del hombre que no están cubiertas por estas cuatro, pero por el momento, usaremos este concepto como punto de partida.

Recursos materiales (Tesoros)

El área de los Tesoros incluye los recursos materiales que Dios nos da: todas esas cosas que tenemos y decimos “son mías.” Si le pregunto, ¿de quién es ese carro que maneja? Muchos dirán: “Es mío”. Y ¿la casa donde vive, de quién es? Otros dirán: “Es mía y de mi familia.”

Creo que lo correcto sería decir: “El auto que manejo es de Dios, pero me lo ha dado para satisfacer mis necesidades de transporte.” O bien, “esta casa es de Dios, pero me la ha provisto para vivir en ella”. Esa es la verdad, pero no estamos acostumbrados a pensar de ese modo. Tenemos la tendencia a apropiarnos de lo que le pertenece a Dios.

Por esa razón, Dios puso una prueba en esta área. Para reconocer que TODO lo que tenemos le pertenece a Dios, dios se ha reservado el Diezmo. “El diezmo de todo… pertenece al Señor, pues le está consagrado” (Levítico 27:30). El diezmo es la décima parte, o sea, el diez por ciento.

Tiempo

Cuán a menudo decimos “no tengo tiempo”. Bien decimos, porque el tiempo es de Dios. Pero nuestra vida está hecha con tiempo. Por eso es que al morir, el tiempo se detiene. Así que mientras vivimos tenemos el tiempo que Dios nos da para administrar.

A fin de evitar que nos consideremos dueños del tiempo, Dios se ha reservado la séptima parte del tiempo. “Pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios” (véase Éxodo 20:8-11). Nótese que este séptimo día no es para descansar en la cama, viendo la televisión. Es un día “para honrar al Señor tu Dios.” La prueba consiste en dedicar a Dios el séptimo día.

Si dividimos en una calculadora (100 / 7) el resultado es 14.29, o sea, que debemos devolver a Dios poco más del 14 por ciento del tiempo. Al ver este porcentaje me queda la impresión de que para Dios resulta de mayor importancia la forma como administramos el tiempo que los recursos materiales. A ti, ¿qué impresión te da?

Cuerpo (Templo)

La Biblia narra con las siguientes palabras el momento cuando Dios le dio un cuerpo al ser humano: “Y Dios el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente” (Génesis 2:7). De modo que mientras el hombre vive, tiene un cuerpo. Al momento de la muerte, cuando deja de existir, “Exhalan el espíritu y vuelven al polvo, y ese mismo día se desbaratan sus planes” (Salmo 146:4). Cuando el cuerpo regresa al polvo de donde Dios lo tomó, el tiempo se detiene.

Así, pues, el cuerpo que tenemos es prestado. Pero corremos el riesgo de adueñarnos de él. ¿Hemos escuchado la frase “Es mi cuerpo y yo hago con él lo que yo quiero”? El concepto bíblico es muy diferente: “¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio” (1 Corintios 6:19,20).

Dios reclama para sí TODO nuestro cuerpo como templo del Espíritu Santo. El cien por ciento, no sólo una parte. No tenemos derecho a decidir qué hacer con nuestro cuerpo. Debemos cuidarlo de acuerdo con las instrucciones que Dios nos ha dado en su Palabra.

Talentos

Los talentos son aquellos conocimientos, habilidades, actitudes y relaciones con las cuales hemos nacido, o que hemos cultivado a lo largo de la vida. Son dones que Dios nos ha dado para que los usemos en el servicio.

Si combinamos el cuerpo, con los talentos y el tiempo, podemos producir los recursos materiales. Nos apropiamos de los talentos cuando los usamos para servirnos a nosotros mismos, en lugar de usarlos para servir a Dios y a nuestros semejantes.

Ahora, ¿cuál es la prueba de nuestra fidelidad en la mayordomía de los talentos? Veamos la parábola que el Señor Jesús narró sobre unos siervos que recibieron talentos (véase S. Mateo 25:14-30).

Uno de los siervos recibió sólo un talento. Pensó que era muy poco como para invertirlo. Así que fue y lo enterró. Cuando el dueño volvió el devolvió el cien por ciento de su talento. Fue honrado, ¿no te parece? No se quedó con un cinco. TODO lo devolvió. Esperaba una felicitación.

“Pero su señor le contestó: ¡Siervo malo y perezoso! … Pues debías haber depositado mi dinero en el banco, para que a mi regreso lo hubiera recibido con intereses” (v.26-27). El dueño esperaba intereses.

En resumen:
Dios nos da…
…pero se reserva
Recursos materiales
1/10
10 %
Tiempo
1/7
14 %
Cuerpo
1/1
100 %
Talentos
100% + Intereses

Evangelio

En 1 Corintios 4:1,2 encontramos el siguiente concepto: “Que todos nos consideren servidores de Cristo, encargados de administrar los misterios de Dios. Ahora bien, a los que reciben un encargo se les exige que demuestren ser dignos de confianza.” Y en 1 Pedro 4:10 se añade: “Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas.”
De estos pasajes podemos concluir que nuestra mayordomía incluye, además de lo anteriormente señalado, la mayordomía del Evangelio, que es el misterio de la gracia de Dios.

Para ministrar el evangelio se requiere:
1.       Recursos materiales. Son necesarios para adquirir Biblias, lecciones, computadoras, CDs / DVDs, transportación, que se usan en el evangelismo.
2.       Tiempo. Es necesario dedicar tiempo para compartir el evangelio con otras personas.
3.       Cuerpo. No es posible dejar el cuerpo acostado, viendo la televisión, mientras que el espíritu testifica.
4.       Talentos. Debemos usar los talentos que Dios nos ha dado para compartir el evangelio.

En resumen, la mayordomía del Evangelio se encuentra en la cúspide de toda la mayordomía. No se puede ser fiel mayordomo del Evangelio sin antes ser fiel mayordomo de los recursos materiales, el tiempo, el cuerpo y los talentos.

Entonces, la prueba de la mayordomía es como una escalera que vamos ascendiendo motivados por el amor de Cristo (2 Corintios 5:14).


El Señor Jesús lo dijo de esta manera: “El que es honrado en lo poco, también lo será en lo mucho; y el que no es íntegro en lo poco, tampoco lo será en lo mucho” (S. Lucas 16:10). ¿Qué es lo poco y qué es lo mucho? Me parece que la porción que Dios se reserva puede ser una medida objetiva de lo poco y lo mucho.


Recuerda que Dios conoce tu corazón, no es necesario que le demuestres nada. Él lo sabe todo. Pero siendo que, “nada hay tan engañoso como el corazón… ¿Quién puede comprenderlo?” (Jeremías 17:9) Dios nos ha dado pruebas que nos ayudan para autoevaluar nuestro grado de fidelidad en la mayordomía.

¿A quién estoy adorando? Porque cada uno debe decidir a quién adora. Si no adoro a Dios, y sólo a Él, estaré adorando al enemigo de Dios.

Muy pronto se cumplirá la profecía de Apocalipsis 13:15: “Se le permitió infundir vida a la imagen de la primera bestia, para que hablara y mandara matar a quienes no adoraran la imagen.” Este será un momento crucial en la historia de la humanidad.

Toda persona tendrá que rendir su examen final ante el universo. Sólo habrá dos grupos: los que adoran sólo a Dios y los que adoran a la bestia y a su imagen. No habrá un tercer grupo.

La forma de prepararnos para el examen final es practicando diariamente. Aprendiendo las lecciones de confianza, dependencia y lealtad a Dios, en diversas circunstancias.

Te invito para que le pidas a Dios que te impulse a crecer como mayordomo. Recuerda que “Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Filipenses 2:13).


Todavía no hemos terminado. Agradezco que dejes tus comentarios a continuación y estés al pendiente de la próxima entrega. En la columna derecha podrás escribir tu e-mail para recibir las actualizaciones a este blog.

lunes, 8 de marzo de 2010

¿Mayordomía del tiempo o idolatría?

El pasado fin de semana (5-7 de marzo de 2010) asistí a un taller para aprender a predicar de mayordomía. Estuvo repleto, no sólo de técnicas para el estudio de la Biblia, sino también de instrucción para la estructuración de los sermones.

En los devocionales y en el culto divino del sábado repasamos varios de los conceptos centrales de la mayordomía. Por cierto, la mayordomía no sólo trata sobre el dinero, sino también sobre el tiempo, los talentos, el cuidado del cuerpo, la familia, el testimonio personal. En fin, es la administración de todos y cada uno de los aspectos de la vida.

El domingo por la mañana, llegó la hora de la verdad. Se sorteó quiénes habríamos de presentar un tema sobre la mayordomía, procurando poner en práctica todo lo aprendido durante el curso. La principal limitación era que no debía exceder de 5 minutos.

En cada una de las exposiciones, pudimos notar que no resulta del todo fácil aplicar cada uno de los detalles. Pero gracias a las omisiones, el maestro y los compañeros que estaban sentados prestando atención, pudieron realimentarnos de lo que debíamos mejorar.

Personalmente aprendí que no debo comprometerme con tiempos tan cortos. Apenas estaba terminando de leer la base bíblica cuando me señalaron que se había agotado el tiempo. Me concedieron dos minutos extras... pero no fueron suficientes para terminar. Así que fue necesario interrumpirlo abruptamente. Como se trataba de un ejercicio, estuvo bien. Pero me dejó reflexionando el resto del día.

Durante todo el curso, el maestro instructor estuvo insistiendo en que lo más importante en una predicación es el mensaje, no el mensajero. Esto es, el mensaje debe estar bien preparado y bien estructurado para llegar a los corazones, pues se trata de la palabra de Dios. Yo también creo en este concepto. Por eso, con frecuencia insisto en que la columna vertebral de un sermón debe estar formada por una secuencia bien escogida de textos bíblicos.

Sin embargo, el asunto del tiempo me hizo recordar las innumerables ocasiones cuando ha sucedido que se gasta el tiempo en un programa con muchas participaciones y cuando llega el tiempo del estudio de la Palabra de Dios, simplemente hay que sacrificar el mensaje (que se supone es lo más importante) en el altar de Cronos (el dios griego del tiempo). Esto suele suceder en la Escuela Sabática o en el Culto Divino y esta situación la he observado en más de en una iglesia.

Las preguntas que me surgieron fueron: ¿No es esto idolatría? ¿Dejar de oír lo que Dios ha inspirado al predicador a fin de honrar la llegada de cierta hora? ¿Por qué nunca me ha tocado escuchar que alguien le reclame al encargado de los anuncios por tomarse 20, 30 o 40 minutos en lugar de los 5 minutos que le correspondían? Pero sí he escuchado comentarios dirigidos al predicador por "pasarse de las 12", aunque le entregaran el púlpito pocos minutos antes. ¿No debería reducirse el número de participaciones a fin de tener suficiente tiempo para estudiar la Biblia?

Te invito a expresar tu opinión respecto de este tema, dejando un comentario.